Estaba buscando inspiración y de repente me di cuenta que la tenía ahí en frente, en mi propia casa.
¿Qué se esconde detrás de ese ceño fruncido? ¿Qué hay detrás de esa expresión que vive en tu rostro hace ya no sé cuántos años? ¿De qué color son tus ojos? Y no hablo del pigmento, me refiero a esa luz que nos atraviesa la mirada, que nos hace distitntos los unos de los otros, la luz que justamente le da el color a nuestros ojos.
Esas cosas por las que demostramos desinterés o que parecen no afectarnos son muchas veces las que más nos duelen. Esa aparente indiferencia no es realmente indiferencia, es no querer asumir responsabilidades, incluso culpas, de que hay algo que no funciona, de que alguien cercano no está bien.
Te miro y busco tus ojos, pero me cuesta trabajo. Veo tu ceño fruncido, los músculos de tu cara tensos, como si realmente estuvieras haciendo un esfuerzo por ocultarte. A pesar de eso, sigo buscando y lo poco que encuentro es negro, pero de nuevo no me refiero al color negro en sí, sino a la negrura que provoca la falta de luz, la oscuridad, que no deja ver qué es lo que se esconde.
Te miro de nuevo y tu rostro me hace evocar la idea de un yelmo. Tu ceño es como un yelmo de acero, cuyas ranuras no dejan entrever los ojos, la persona detrás de la coraza, la felicidad y la angustia contenidas.
Quisiera saber muchas cosas, pero tal vez no tenga derecho a preguntar. No supe ver cuándo ni por qué te pusiste el yelmo y no supe evitarlo, o por lo menos, si eso no hubiera sido posible, hacer el intento. No supe entenderte, no supe asumir esa responsabilidad y disfracé la culpa con indirefencia. También te culpé de mi incapacidad para llegar a vos y todavía te culpo porque ¿quién puede llegar a una persona que está detrás de un casco de acero? Es imposible.
Tu ceño es impenetrable y nunca desaparece, nunca bajás la guardia, ni conmigo, ni con nadie.
No hay nada que hacer.

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